Historia del centro de Santiago

El señor Carlos tenía 16 años cuando empezó a ayudar a su padre en el quiosco familiar, ubicado entre Paseo Ahumada con Huérfanos. A comprar el diario llegaban hombres de traje, señoritas de coquetos sombreros compraban el refresco de la tarde, después de una extenuante tarde vitrineo y encuentros con amigas.

Estos paseos cotidianos, por el centro de Santiago fueron pensados ya en el siglo XVI cuando colonos españoles decidían qué sería lo más importante para comenzar a crear la vida social de este desconocido país. Copiaron sus mapas en donde todo giraba en torno a la Plaza de Armas, y allí construyeron las edificaciones más importantes, aún en vigencia, como la Catedral, el Correo Central, el Museo Histórico Nacional y la Municipalidad Santiago, e infinidades de locales comerciales en forma de túneles debajo de los edificios. Todos encontraban lo que buscaban, todos querían llegar al centro para sentirse que allí estaba todo.

En los años 20, plantas en maceteros eran lo que delimitaba el incipiente Paseo de calle Huérfanos, vendidos después a los vehículos que por ahí transitaban. Era un lugar donde los caballeros iban a tribunales, a la Bolsa, a los bancos, a la sastrería, a cortarse el pelo. Las señoritas debutantes iban a mostrarse  frente a las escalinatas del Banco de Chile, el principal edificio de calle Ahumada.

El centro cívico de la capital estaba creciendo. Se convertiría en un centro que albergaría otras actividades, que juntaría personas de diversos sitios, a trabajar, a sentarse a esperar, o simplemente a conocer y observar el recorrido de la historia en su arquitectura. Jugar ajedrez, leerse el tarot, retratarse, comprar cuadros, reírse en torno a un humorista, gringos, peruanos, protestar, hacer papeleo, ropa americana, el café en la mañana, y con piernas en la tarde, estatuas humanas, olores, bocinas, conversaciones, cigarros, trajes, vida.

El señor Carlos tiene 60, a su quiosco llegan adolescentes a comprar cigarros sueltos, el guanaco lo visita de vez en cuando, el asalto rutinario, y el empresario de pantalla. El señor Carlos tuvo que aprender a decir muchos tipos de “hola”, a saludar de diferente manera a este público tan heterogéneo. Se contenta al ver a su paseo, un centro de interés, el lugar que ningún santiaguino, mas bien chileno, no puede no conocer, un lugar donde todo ocurre.

Es la hora pick, las oficinas abren sus puertas y salen filas de color negro en dirección al metro más cercano, mientras una señora pide una cooperación para perros vagabundos, inmóvil en medio de la apurada multitud.

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